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Los fantasmas de la Casa Lercaro de La Laguna: crónica de una investigación tras el misterio

Ricardo Campo es Doctor en Filosofía por la Universidad de La Laguna. Estudia las relaciones entre la Astrobiología y la Filosofía, pensamiento crítico aplicado a las creencias maravillosas o "paranormales", influencia del "pensamiento alternativo" en la cultura actual, en particular del pensamiento esotérico y ocultista en parte de la ciencia contemporánea. Mantiene el blog Mihterioh de la siensia

Casi todos los pueblos con caserones antiguos cuentan con uno “encantado”. Esta circunstancia demuestra que, muy probablemente, no hay casas encantadas, y que es la mente de las personas que creen en casas encantadas lo que realmente está encantado. Con este trabalenguas quiero decir que, si realmente el número de casas encantadas fuese el que nos venden los parapsicólogos, hace ya siglos que los científicos habrían demostrado que tal encantamiento es cierto, y se habría producido el descubrimiento más importante de la historia de la ciencia: la existencia real de un más allá del que proceden esas almas desencarnadas.

Por lo visto, los fantasmas tienen querencia por los inmuebles vetustos con suelos de madera y con multitud de corrientes de aire. Les pone asustar a quienes se sobreexcitan cuando saben que la leyenda urbana asegura que hay espíritus morando el lugar. Seguramente la cultura popular de las películas de terror tiene bastante que ver con estas experiencias: la gente ya sabe las cosas que los espíritus se dedican a hacer y saben cómo se comportan. Al final, de una forma u otra, el testigo de lo “insólito” repite como un loro lo que le han contado, lo que ha escuchado en un programa de radio o visto en una reconstrucción en forma de teatrillo barato de un programa televisivo nocturno y dominical.

Uno de estos lugares encantados, popular por la publicidad gratuita que los paranormalistas autóctonos le han hecho en lo que va de siglo, es el palacio de Lercaro, en La Laguna (Tenerife), sede actual del Museo de Historia y Antropología de Tenerife (MHAT). La leyenda cuenta que, siglos atrás, una señorita de alta clase fue casada contra su voluntad con un fulano que no le hacía ninguna gracia, y, como se viere perdida, decidió quitarse la vida saltando a un pozo localizado en el patio interior del inmueble. En Internet es fácil hallar algunos enlaces al respecto (como este o este), de tal forma que el rumor se ha convertido en una parte pintoresca del Museo. Es una historia sencilla y romántica, típica y fácilmente explotable por los que adornan la realidad hasta convertirla en un producto comercial apto para el eterno reciclado de los media de ramo paranormal, que cada vez consiste más en una crónica de sucesos truculentos para impactar a quienes se aburren con la cultura. Y el hecho de que desde el propio Museo se llevase a cabo una investigación para determinar la existencia de una muchacha que encajase en la que refiere la leyenda con resultados negativos es un detalle sin importancia para quienes han aceptado puerilmente que en todo este cuento hay visos de realidad.

¿Pero acaso los lugares encantados son propiedad de quienes venden rumores y creencias supersticiosas como si fueran los principales problemas que interesan a la ciencia contemporánea?; no, así que cualquier persona con un poco se sentido crítico y curiosidad puede acercarse y hacer algunas preguntas y comprobaciones tendentes a dar una visión distinta de la que imprimen las revistas mensuales a todo color. Se trata de comprobar qué hay de cierto en los relatos que nos transmite ese gremio anómalo que es el de los “periodistas del misterio”.

Esta convicción fue la que llevó la noche del 12 de abril de 2012 a un grupo de profesores e investigadores de la tinerfeña Universidad de La Laguna (Carlos Álvarez, Luis Javier Capote, César Esteban y el autor de esta crónica) a pasar unas horas en la casa de Lercaro. Fuimos a ver qué había por allí, a comprobar qué ocurría. Queríamos averiguar si lo que nos habían contado los paranomalistas locales era cierto o era un cuento chino. Nos presentamos equipados a tope: grabadoras digitales de sonido, cámaras, bolígrafos, termómetros, linternas, blocs de notas, dispositivos detecta-poltergeist fabricados con papel aluminio y una caja de zapatos (¿?) y la manguera de atrapar fantasmas que nos prestaron nuestros colegas de la película Ghostbusters. Era de noche, entrábamos en el territorio del misterio, habíamos visionado el fragmento correspondiente de Cuarto milenio y procuramos aguantar la risa para que nuestros pelos del cuello se pudieran erizar convenientemente. Aquí está la crónica, amigos del misterio, de lo que pudimos experimentar aquella noche.

El día anterior y la misma noche de para-investigación habíamos planificado convenientemente nuestra visita: mientras dábamos buena cuenta de un combinado de chistorras, morcillas y salchichas, unos bistés, papas fritas y unos vasos de vino en el bodegón Viana, echamos un vistazo a un artículo que tiempo atrás habíamos visto publicado en El Día. Aquello era acojonante; era acojonante que un periódico publicase semejante patochada y no le pegase un tirón de orejas (con retorcimiento del lóbulo) a su autor, por tomarle el pelo al lector de manera tan ridícula y basta.

Al leer el artículo firmado por Domingo Barbuzano, pura propaganda acrítica de un grupete de espiritistas con señora madura incluida, nos dio la impresión de estar leyendo una crónica medieval de actividades brujeriles. ¿Nos tenemos que creer que Angie Freeland, a la que en su casa conocerá hasta el gato, no tenía ni idea de la leyenda de Catalina cuando la dejaron entrar en el Museo? ¿Y también nos tenemos que creer que un personaje de leyenda del que no hay constancia histórica de su existencia -Catalina- está enterrado en el fondo de un pozo que tampoco existió?

 

Lo que sí parece que hubo fue un aljibe en el actual patio trasero del palacio (como en tantas casas), pero ¿eso qué supone?, ¿que allí se encuentran los restos de una señorita barroca? Y en la más que improbable circunstancia de que tal cosa fuera cierta (no se hallaron restos humanos en la profunda restauración que experimentó el inmueble en los años 80) ¿quiere eso decir que las fácilmente explicables para-experiencias que se rumorea ocurren en el Museo son debidas a la presencia del espíritu correspondiente? Aquí nos hemos saltado un buen número de pasos, como seguramente se habrá dado cuenta el lector, pero no es el crítico el que tiene que justificarlos uno por uno, sino la “médium” o el parapsicólogo de turno.

Barbuzano asegura que:

El 9 de noviembre de 2003, este periódico se hizo eco de que el fantasma de Catalina se paseaba por el Museo de Lercaro, lo que motivó que varios guardias de seguridad renunciaran a sus puestos de trabajo (sic).

Pues muy bien por esos guardias de seguridad. Muy bien que renunciaran a sus puestos de trabajo después de leer un artículo tan fantasmal.

Pero no merece la pena comentar el resto del artículo de Barbuzano porque no hay por dónde cogerlo y sería un gasto inútil de espacio. ¿De verdad pretende que nos creamos que nadie sabía dónde se encontraba el supuesto pozo? (que es un simple brocal de pozo que está allí como adorno aprovechando la leyenda catalinesca). ¿Y que vieron joyas, y un cuerpo con un traje blanco? Y no sólo eso, sino que las “sensitivas” del grupo Clave 7 también vieron a Catalina, y todas se sintieron oprimidas y angustiadas. Faltaría más. Lo dicho: un periódico que en 2011 publica un texto que parece sacado de un acta decimonónica de alguna sociedad kardeciana compuesta por señoritas y señoras ociosas y afectadísimas. Olvidemos, amigos de esta nave virtual del misterio, estas tonterías y sumerjámonos en el auténtico enigma de Lercaro, con sus voces, sus ventoleras suprafísicas, sus humedades, sus tablones de madera poltergeistizados, sus presencias numinosas, sus vitrinas tintineantes poseídas por entes del más allá... Misterios, señoras y señores, misterios pata negra.

Nada más entrar nos recibió un vigilante de seguridad, que no tenía aspecto extraño, ni mirada aviesa, si sonrisa sospechosa, ni su sombra se movía por voluntad propia; era una persona normal: un vigilante de seguridad que, además, jamás había sentido nada extraño en el lugar, ni visto fantasma o cosa rara alguna aunque conocía la leyenda que acompaña al lugar. Poco después llegó su relevo, y éste sí había sentido cierta “incomodidad” en el patio que hay a la entrada de la casa, como una especie de malestar o sospecha. Es un ejemplo típico de cómo interpretan las personas determinados momentos del día –mejor de la noche- en lugares que la rumorología paranormal etiqueta de encantados.

A continuación inspeccionamos todo el Museo. Las maderas crujían, las corrientes de aire se dejaban notar en muchos rincones de la casa, los estores de las ventanas golpeaban las paredes del palacio al compás de las rachas de viento que se colaban por las rendijas, y muchas voces llegaban a nuestros oídos, voces de la gente que pasaba por la calle, claro, amortiguadas por los gruesos muros del inmueble. No es de extrañar que algunos “testigos de los insólito” hayan interpretado estos detalles como pruebas de extrañas presencias.

Como ya había visitado el Museo en diversas ocasiones, intenté amedrentar a mis colegas con la posible percepción, en un lugar muy especial del Museo, de extraños sonidos. Así fue, pero parece imposible convencer a gente con un poco de sentido común de que los ruidos tintineantes de unas vitrinas puedan deberse en realidad a unos poltergeist de tomo y lomo. Me imagino que a otras personas con la mente lo suficientemente abierta habría sido sencillo hacerles creer que aquellos sonidos tienen su origen en vaya usted a saber qué entidades permanentemente acomodadas en la sala de los oficios tradicionales del MHAT.

A medida que uno se interna en la citada sala, con sus suelos de tablones de madera, las vitrinas se mueven, se vuelven ruidosas, y semejan pasos a la carrera. El efecto es perfecto: se diría que algún fulano se aleja rápidamente del lugar a medida que uno camina. ¿Que no me creen? Oigan esta grabación obtenida el 9 de enero de 2011 (presten especial atención a partir del segundo 17):

Me imagino el juego que daría una inclusión como esta en los foros adecuados. Y el mosqueo que se cogería más de uno si sugiriese que en realidad es la simple vibración del cristal y las junturas de unas vitrinas cuando uno pasa a su lado, que no de otra cosa se trata. Como acabo de sugerir, ¿puede alguno de los visitantes del Museo haber tomado este intrascendente fenómeno por algún indicio misterioso? No sería de extrañar.

Y llegamos a la cocina, lugar paranormalísimo y enigmático, como todas las cocinas… Es que aquí, y también en el pasillo que desemboca en la pequeña estancia, han ocurrido cosas muy raras: sensitivas han sentido dolor y malestar, empleadas han visto vagarosas presencias femeninas y algunos cazafantasmas han intentado obtener psicofonías. Nosotros, que también queríamos cazar fantasmas, lo intentamos, inspeccionamos este rincón y el otro, los antiguos fogones… pero ¡alto!: ¿qué es eso?: ¡es una teleplastia!; ¡como las de Bélmez pero de verdad, sin pintar! Entonces recordé que llevaba en la maleta un artículo de José Gregorio González (bueno, esto es mentira, lo llevaba en la mano y lo habían visto durante la cena previa mis acompañantes) de 27 de diciembre de 2003 en el que se pregunta “¿Teleplastias en Lercaro?”. En un aparte cuenta la historia fantasmal de la casa de Lercaro de forma ultra-dogmática disfrazada de posibilidades posiblemente posibles (marca de la casa) y reproduce una foto de las dos teleplastias que alguien le envió. Se trata de dos manchas de mugre en las que es complicado adivinar dos caras. Se pregunta: “¿Tal vez teleplastias?”; y se responde: “Lo más probable es que sean sólo manchas”. Como pueden ver, aquí cerró su mente al misterio. Lo más probable, dice.

En esta foto estoy señalando al misterio después de abrir mi mente, porque las manchas de humo y suciedad paranormalísimas siguen estando allí, a la espera de ser portada de Nature y Science:

Colocamos grabadoras en varios lugares de la casa, entre ellos el lugar exacto del patio en el que la “médium” de Clave 7 señaló la presencia de un cadáver. Durante poco más de una hora la cantidad de sonidos que quedaron registrados corresponde a los habituales: lejanas voces de la calle, motos, coches aminorando la marcha al llegar al cruce de la calle San Agustín con Juan de Vera y nuestras propias voces y pasos a lo lejos. Abrimos de nuevo la mente e invocamos a Catalina, pero no se dignó aparecer. Lástima: teníamos la esperanza de convertirnos en portada del misterio y de todos los principales –y secundarios- diarios del mundo, ganar ingentes cantidades de dinero concediendo entrevistas en exclusiva para las televisiones del planeta, publicar libros y rodar una película si…, si hubiésemos aportado una sola prueba científicamente válida de la existencia de un más allá, primero, y, segundo, de la existencia de Catalina en tanto que procedente de ese mismo lugar y su capacidad para manifestarse en nuestra realidad cotidiana, en un bello y restaurado caserón-Museo de la isla tinerfeña. Pero no, no lo logramos. Podríamos haber contado otra cosa, sugerir veladamente lo contrario en los lugares oportunos, nadar y guardar la ropa, deslizar alguna especulación en la Internet paranormal, abrir aún más, de par en par, nuestra mente y la cartera yendo de buen rollo, pero no hubo suerte, así que pienso que los que han divulgado que la casa Lercaro de La Laguna es un lugar especial, paranormal e inexplicable son unos maniáticos patológicos incapaces de interpretar críticamente las experiencias personales que algunos visitantes dicen haber tenido; más cuando aquéllas narran sucesos perfectamente explicables, y aunque no lo fueran en principio: las experiencias personales, relatadas mediante el apoyo en la memoria y las palabras, no son prueba de nada, y menos de la existencia de un ámbito fantasmagórico y supernatural. No son dignas de tener en cuenta ni como sugerencias de la existencia de un más allá.

 

 

Tampoco nuestras cámaras fotográficas captaron alguna presencia extraña no percibida por nuestros sentidos. Los orbs sí que se presentaron, pero ya sabemos que se trata de luz del flash reflejada en motas de polvo y otras partículas en suspensión. Algunos, sin que se les caiga la cara de vergüenza, aseguran que tales circulitos luminosos son ángeles o extraterrestres. En esta foto pueden ver un bonito orb, fenómeno tan valioso como los propios fragmentos volanderos en los que se refleja la luz del flash.

También probamos a estar en silencio absoluto durante algunos minutos, sentados en el suelo del pasillo que lleva a la cocina. He de reconocer que esto supuso una prueba muy dura puesto que nos resultaba casi imposible aguantar la risa. Me acuerdo de esos para-investigadores de Cuarto Milenio tan profesionales y serios, tan serios que no se les escapó una carcajada durante su pantomima televisiva. En cambio a nosotros…, ya ven; si en el Consejo Consultivo de Canarias, al lado del MHAT, lugar que venden también como medio encantado, se encontraba algún paranormalista grabando psicofonías, es probable que se incluyera alguna de nuestras risotadas, así que es probable que pensara que los fantasmas ya no son lo que eran, que antes ululaban y gimoteaban, pero ahora se lo pasan estupendamente.


Una vez finalizado nuestro recorrido y experimentos en las diferentes estancias del Museo decidimos darle una vuelta de tuerca al asunto, así que solicitamos al vigilante de seguridad que apagara todas las luces para proceder a una nueva inspección. ¿No es esta tontería habitual entre los programas de cazafantasmas? ¿No es ésta una forma habitual de investigar (es un decir) de la gente milenaria, mágica y demás? ¿No es completamente absurdo pretender hacer luz apagando el alumbrado? Ah, pero es que esta gente no pretende hacer luz (esto es propio del pensamiento crítico) sino simular, actuar como niños que se cuelan en un cementerio a sentir miedito, grabarlo con una cámara de visión nocturna y echarlo por la tele finalmente… Y claro, nadie puede lanzar huevos o tomates al programa, porque no le llegan. Total que nos dimos un nuevo paseo por todo el Museo a oscuras, alumbrándonos con nuestras linternas, pero nada, ni un mísero susurro, ni una corriente de aire que no hubiésemos notado antes, ni una visión etérea y blanquecina, ni sensaciones extrañas, ni cambios de temperatura, ni un solo sonido extraño distinto a los normales y corrientes en el lugar que no hubiésemos percibido antes. Todo fue normal y trivial.

¿Qué sacamos en claro de todo esto? Pues que, como ya comentaron otros, que no hay casas encantadas: hay personas encantadas; personas a las que les basta la autoridad que otorgan a supuestos expertos para creer que en un lugar hay realmente espíritus desencarnados que no tienen nada mejor que hacer que asustar o manifestarse a las buenas gentes que se dan un paseo o visitan un museo. Los fantasmas de la casa Lercaro de La Laguna no vienen de ningún plano extradimensional o realidad paralela: van de vez en cuando por allí disfrazados de investigadores, pero en realidad son pro-paranormalistas sin criterio y desconocedores de lo que es una investigación que se parezca de lejos, siquiera, a una de carácter auténticamente científico. Es una actividad auténticamente fantasmal (les recomiendo la lectura de Scientific Paranormal Investigation. How to Solve Unexplained Mysteries, de Benjamin Radford).

Quien considere que el MHAT es realmente un lugar encantado, es decir, habitado por entes sobrenaturales de algún tipo, deberá aportar pruebas que estén a la altura de semejante afirmación. Mientras sólo nos ofrezcan testimonios de experiencias subjetivas y opiniones personales basadas en éstas seguiremos pensando que estamos ante el típico rumor paranormal alimentado por los suministradores de material ocultista aprovechando las ansias de maravillas de los aficionados, y, en definitiva, ante un conjunto irrelevante de anécdotas fuera del respetable campo de interés de folcloristas e intérpretes de las leyendas urbanas.

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