Dossier "Las caras de Bélmez"
23 de agosto de 1971: Aparecen las "caras de Bélmez"
Las caras de Bélmez son unos dibujos de rostros presuntamente misteriosos que aparecieron en el suelo de la cocina de la casa de María Gómez Cámara, vecina del pueblo Bélmez de la Moraleda, provincia de Jaén.
Se ha atribuido su origen a las causas más pintorescas, siendo la más plausible, la manufactura humana, continuamente rechazada con excusas cada vez más peregrinas.
Damos, pues, la salida a la historia de este presunto misterio.
Nace el fenómeno
Un pequeño mito desmentido sobre "La Pava"
Todos los vendedores de misterios coinciden en que en el momento en que se descubre la primera cara, María estaba aquejada de fiebres de Malta. Difieren en detalles menores como que la cara la vio el nieto de María ([1], pág. 32), que fue la propia María quien la vio ([2]) o que la vio el nieto, señaló el suelo y se puso a llorar ([3], pág. 17).
Los detalles, desde luego, son menores, pero llama la atención cómo Lorenzo Fernández, en cierto modo, se contradice a sí mismo en esos dos libros suyos ([1] es anterior a [3]), pues si bien en [3], pág. 17, comenta:
Tan sólo unos minutos atrás había finalizado de cocinar la cena [...]
María estaba asustada, unos instantes antes su joven nieto había comenzado a llorar con desconsuelo, señalando ingenuamente a la cara que ahora ocupaba toda la superficie de cemento, esa misma sobre la que la mujer acostumbraba a realizar la comida cada día.
en [1], pág. 23, dice:
Al retirar la leña quemada en el interior del fogón el terror se apoderó de María. Allí había "alguien". Sobre la superficie del cemento castigado por el fuego aparecía un siniestro rostro que la observaba, que socarronamente dirigía la mirada hacia su descubridora atrapado entre la fría piedra. De ojos grandes y rasgados, expresión amenazante, boca pequeña y nariz aplastada de la que aparentemente -con gruesos trazos- manaba sangre a borbotones, el fantasma de piedra había surgido de entre los restos.
¿Qué era aquello? Con su nieto en brazos, salió a la calle como alma que lleva el Diablo, en un estado de nerviosismo tal que pronto se formó un gran revuelo en todo el pueblo. Casi sin poder articular palabra, jadeante y con el bebé llorando desconsolado, la mujer trataba de buscar respuestas y de ofrecer argumentos a aquellos que se acercaban curiosos y asustados situándose alrededor suyo.
y en [3] de nuevo, pág. 21, dice:
No es un lugar para reír; en todo caso sí para lanzar a los cuatro vientos cuestiones que sólo María podía contestar.
"Jamás se me olvidará el plato que estaba cocinando aquel día -refería con cierta tranquilidad-. Eran pimientos. Estaba guisando, en la chimenea, pues por aquellas fechas lo hacía en el fogón de leña con lumbre; al tiempo de mover la comida vi la cara en el suelo. Al instante, llamé a los vecinos para ver si eran antojos míos o había realmente una cara sobre la superficie de cemento. Les llamé de nuevo y al oírme tan nerviosa vinieron rápidamente para ver qué me pasaba, porque esos días estaba enferma; tenía las fiebres malta y no sabía si todo se debía a una subida de temperatura o es que aquella cosa estaba allí".
Se nos cuenta que María sale despavorida de su casa, vienen los vecinos a atenderla y entonces regresa a casa del trabajo
- Miguel Pereira, hijo de María ([2])
- Juan Pereira, marido de María ([1], pág. 24)
y al ver la cara, en ese momento
- Miguel Pereira, hijo de María ([2])
- Miguel Pereira, hijo de María ([1], pág. 24)
- Diego Pereira, hijo de María ([3], pág. 36)
- un vecino de la calle ([3], pág. 21)
destrozó la cara, picaron, se enlució y volvió a salir la cara que hoy conocemos como "La Pava", la que está tras el cristal de la hornacina.
Si buscamos en las fuentes de la época, nos encontramos con el famoso artículo de "Ideal" de Granada, del 16 de septiembre de 1971. Allí, María contaba:
"Mire usted, se me apareció hace veinte días. Yo estaba guisando en mi hornilla de butano. Primero, me creí que estaba mareada... Luego, llamé a las vecinas y vimos que era un rostro."
Ni de lejos, todos los detalles con los que adornan la historia los vendedores de misterios. Es más, en el mismo artículo, el periodista comenta:
"Quiere esto decir que el 'rostro' ha debido ser realizado hace menos de un año; porque aparece sobre la nueva peana. A los cinco días de aparecer, lo rasparon, le echaron una capa de yeso y volvió a surgir."
No dice que se destruyera picando al regresar nadie ese mismo día (duró cinco) ni dice quién lo raspó. ¿Qué conclusiones podemos sacar, pues, sólo de este pequeño fragmento del inicio de la historia?
Si nos fijamos bien, analizando única y exclusivamente la información que nos ofrecen los vendedores de misterios, observamos diferencias entre lo que cuentan... incluso el mismo autor de sí mismo. Esto habla poco en favor de la coherencia interna de lo que nos cuentan. Además, adornan la historia con matices de dudosa credibilidad. ¿Por qué afirmamos que adornan la historia? Pues porque al compararlo con las fuentes del momento en el que sucedió, tales matices no sólo no existen, sino que María aparece mucho más serena de lo que nos cuentan.

Y si acudimos a dichas fuentes, observamos, además, inexactitudes en los relatos de los vendedores de misterios que no son errores de bulto, sino necesarios para poder narrar con todo el dramatismo al que están acostumbrados una historia cuyo origen, según parece si retrocedemos al pasado, es mucho más prosaico de lo que se necesita para vender el misterio.
Retrocediendo al pasado, hay un componente sociológico apasionante que acompañó a este suceso. Pero dejaremos que sea Francisco Máñez quien nos lo cuente en el escrito que ha preparado, fruto de una laboriosa investigación y documentación junto con el periodista Javier Cavanilles. A ellos les agradecemos todo el material de hemeroteca con el que nos han obsequiado.
Viendo, pues, lo fácil que es encontrar errores, falta de rigor y relleno innecesario de dramatismo en la información que proporcionan los vendedores de misterios (con sólo arañar un poco en la superficie), prescindiremos de un análisis profundo de sus propias contradicciones, siguiendo el hilo de la historia y ofreciendo argumentos críticos con su paranormalidad. El análisis de las contradicciones está al alcance de cualquiera, con sólo consultar las fuentes señaladas.
Y ahora, comienza el misterio: la historia de una broma entre vecinas que se convirtió en "el fenómeno paranormal más importante de todos los tiempos".
[1] Las caras de Bélmez, historia de una conjura, Lorenzo Fernández Bueno. Libro regalo con la revista "Enigmas".
[2] Conferencia dada en Monforte del Cid por Pedro J. Fernández Marín. Disponible en este sitio web.
[3] Las caras de la discordia, Lorenzo Fernández Bueno y David E. Sentinella. Editorial Nowtilus. Colección "Investigación abierta".
[4] Poltergeist, una incómoda realidad, Lorenzo Fernández Bueno y David E. Sentinella. Editorial Nowtilus. Colección "Investigación abierta".
[5] Sociología del milagro, Manuel Martín Serrano. Barral Editores.
Pequeño anexo: La primera noticia en un periódico de la época. ¿Sin ánimo de lucro?
No se deje engañar el lector. Cobrar 10 pesetas por fotografía o un duro por visita los domingos no es cobrar una fortuna, pero es cobrar. Sea la cantidad que sea, cualquier cantidad que sea mayor que cero implica ánimo de lucro. No estamos entrando a cuestionar si era ético o no. Se trata, simplemente, de que los defensores del misterio afirman que nunca ha habido ánimo de lucro y eso es rotundamente falso. Por poco que fuera, algo cobraban, a las pruebas nos remitimos. Y si tan asustados estaban, cobrar por las fotografías no sería la mejor manera de "apaciguar" a los supuestos "espíritus" o "inteligencias" que les estuvieran visitando.
Como reza el pie de la fotografía (que podrá ver ampliada si pincha sobre ella), "Doña María López(sic) Cámara con el lote de fotografías del "Rostro" que vende en su casa. En la propia noticia, nos aclaran incluso cuál es el precio de venta de dichas fotografías (10 pesetas).
Insistimos: No estamos entrando a valorar en si fue o no ético. Únicamente estamos dejando claro que no es cierto que no hubiera ánimo de lucro. La primera noticia publicada sobre el caso ya dejaba claro que sí. Y años más tarde, el propio Iker Jiménez se enfadaba porque querían cobrar (cantidades desorbitadas, eso sí, que en ese artículo él mismo justifica los "pequeños pecadillos").

Volvemos sobre el tema de las caras de Bélmez. Los que sean aficionados conocerán un pequeño mito muy extendido sobre la más emblemática de las "teleplastias".
Breve historia de "La Pava"
Según nos informan (es un decir) en muchas páginas de misterio, es la segunda "teleplastia" en aparecer en 1971, en el fogón de María Gómez Cámara en "la casa de las caras". Al poco tiempo, unos obreros ayudados por el hijo de María, Miguel Pereira, picaron la imagen y la colocaron en una hornacina en la pared. Las malas lenguas dicen que la protegieron con un cristal porque si le pasabas el dedo se te manchaba de pintura. Fue en esta cara donde José Luis Jordán Peña identificó hasta el calibre de las cerdas del pincel con que la pintaron.
Y aquí empieza la leyenda: según podemos leer en muchos sitios todavía (como aquí o aquí) y escuchar en programas de radio del ramo, la famosa cara se ha ido desplazando lentamente durante años, perdiendo su posición centrada y aparentando querer acercarse a su antigua ubicación en el fogón de la casa. Asombroso, pero ¿es cierto?
Basta comparar fotos de los años 70 con las actuales para comprobar que la cara nunca estuvo centrada y sigue estando donde siempre.

Ya lo sé, soy un aguafiestas; pero si es la verdad... qué le vamos a hacer.
Fe de erratas
(1 de octubre de 2006) El de la fotografía no era el hijo de María Gómez, sino un torero famoso de la época, Palomo Linares.

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